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24 ene. 2011

NORMANDÍA Y LA BRETAÑA (12) De el cabo de La Hague a Mont St. Michel



JUEVES 19 DE AGOSTO 2010

  Después de varias jornadas dedicadas a visitar los lugares donde se produjo el Desembarco de Normandia, concluimos que por ahora ya era suficiente este capítulo y que nos apetecía cambiar el sentido del viaje, buscando diferentes lugares y otras sensaciones, que sin duda esperábamos recibir de nuestro país vecino.
   Nos decidimos a dar un pequeño salto saliendo de la zona “de guerra” y dirigirnos hasta Cherburgo, en el extremo de la península que aparece en esta parte del mapa de Normandia. 
Pasamos por St Merie Eglise y desde la misma carretera divisamos el conocido “maniquí” que han colocado en la iglesia, “recreando” el episodio del desembarco donde un paracaidista americano quedo colgado en las agujas de la iglesia.
  Divisamos un Lid`l en un área comercial y paramos a reponer algunas viandas, al tiempo que repostamos gasofa a 1,17 €. ( Cuando escribo estas líneas antes de noche vieja, en una gasolinera Repsol que hay en la glorieta de Atocha, Madrid, el gasoil esta a 1,21 € . Que fantástica sensación, cada vez nos parecemos mas al resto de países europeos ).
  Hoy el Sol brillaba intensamente, cosa que se agradecía a pesar de encontrarnos en pleno mes de Agosto, y la ruta hasta Cherburgo se hizo muy agradable. Llegamos con prontitud ( 12,15 ) ya que la carretera esta desdoblada y el efecto es como circular por una autovía. Localizamos un área de autocaravanas en las afueras y allí nos dirigimos. El gps una vez mas nos llevó con precisión situándonos en la localidad de Tourlaville, N 49º 39.241’  W 01º 33.948. Gratis la pernocta y de pago la carga de agua. Un área junto a un camping y un complejo deportivo cerca de unas dunas con vistas a la bahía que domina Cherburgo. Dimos unas vueltas por este agradable lugar, muy  tranquilo, pero nos dimos cuenta que estábamos muy alejados del centro de la ciudad para ir caminando e incluso para ir con bicicleta. Decidimos echar un vistazo con la autocaravana acercándonos hasta el centro de la ciudad, atravesando todo el entorno portuario. Nos pareció que no ofrecía ningún atractivo especial. Casi sin darnos cuenta nos encontramos en las afueras de la ciudad y sin pensarlo mucho mas, continuamos ruta en dirección al extremo de la península donde se encuentra el cabo de La Hague.


  Es un trayecto muy singular. Durante muchos kilómetros se circula junto a una central nuclear, un complejo industrial inmenso, pero en un entorno natural precioso. Los franceses parece que tienen muy claro el tema de la energía nuclear y a diferencia del resto de países europeos, no solo no cuestionan ésta industria, sino que la incluyen en su  “chovinismo” nacional vanagloriándose de ser una potencia mundial. Ya digo, muchos kilómetros circulando junto al vallado hasta que llegamos a un pueblecito que se encuentra como si estuviese a caballo en una loma formada por el extremo final de la península con el mar rodeándola por todas partes. Vegetación abundante pero sin arbolado.
   Jobourg. Tan solo unas casitas a lo largo de la carretera y el mar allá abajo, a un lado y a otro. Nos detuvimos en el aparcamiento de una pequeña iglesia que resultó ser del siglo XI, con su cementerio a la entrada y un pequeño monumento a los caídos locales en las dos guerras mundiales. 


  Estos lugares, en un viaje tan largo, resultan ser, a menudo, mas gratificantes que algunos destinos clásicos, por inesperados y porque te sorprenden con su bella simplicidad. El sol brillante y luminoso pero sin molestar en absoluto. Ausencia total de gente, la soledad de las piedras y el verde sobre el mar inmenso. Sensaciones que duran lo que tardas en fumarte un cigarrillo sentado en el vallado de piedra del cementerio. Pero ahí queda. Ya no te lo quita nadie, y a lo mejor viene otro y le resulta de lo más nefasto, porque le ha empezado a llover o porque no encuentra donde aparcar o porque no tienen la necesidad de salir del coche un rato a echarse un pitillo. Los viajes son así, yo lo cuento tal cual y viene otro y no encuentra en el sitio y el momento, el menor encanto. Por eso hay que viajar, cuanto mas mejor, para encontrar cada cual su sitio y su momento.



  Continuamos hacia el faro. La carretera comienza a descender estrechándose al mismo tiempo la franja de tierra que a derecha e izquierda nos va acercando al mar. Así, llegamos a Auderville, donde advertimos mucha mas animación. Al salir del pueblo se va divisando el final de la carretera, que sigue bajando, hacia un aparcamiento ya junto al mar, pero vemos de lejos nuestros queridos gálibos impidiendo el paso a todo vehículo que no sea un turismo. Nos detenemos a reconsiderar las opciones cuando me fijo en un cartel que indica a la derecha una carretera hasta el llamado “ Le Semaphore” que también aparece en el mapa. Pues allí nos dirigimos. La carretera se convierte a trozos en un camino bordeando vallados de piedra en donde solo cabe un vehículo, pero viendo al fondo,  ya no muy lejos, los edificios de un faro, seguimos, confiando en que mas adelante se despejase, además veíamos que no circulaba nadie de frente. Cruzamos “Le Semaphore” sin poder aparcar en los pocos sitios que había y continuamos, ahora por un camino de tierra, hasta otra edificación que se veía mas adelante buscando un sitio donde poder dar la vuelta.
   De esta manera tan “peligrosa” encontramos un  buen sitio donde no solo podíamos girar con facilidad sino que había espacio suficiente para quedarnos un rato. N 49º 43.520’- W 01º 56.482’.


  Se trata de una edificación con aspecto de búnker pero sin connotaciones bélicas ni restos militares, y muy adentrado en el mar. Había muy poca gente y el sol seguía luciendo espléndido. Después de tanto día gris, cuanto se agradecía nuestro amigo “manolo”, así que nos quedamos a comer allí mismo. Momentos “guay” de las autocaravanas. Un buen sitio para visitar en condiciones idóneas. Tan cerca del mar, las imágenes que retienes en la retina perduran mucho tiempo.
A la hora del cafetito, estudiamos la ruta a seguir. Llevábamos nueve intensos días sin parar y 1.867 kms. Una minucia. Todo nos sabía a poco a pesar de un cierto cansancio físico pero debido más a la falta de costumbre de caminar y de movernos como “guiris” que a otra cosa.


  Nos decidimos a seguir bordeando la costa, hacia el sur e ir descubriendo los sitios que nos fuesen llamando la atención hasta llegar a  los lugares de los que llevábamos cierta información. Con esa idea nos pusimos en marcha. La salida hasta Auderville de vuelta por aquel camino no pudo dejarnos sin su momento de suspense. Lo que no había sucedido en la entrada sucedió a la salida. Un coche de frente. Le ví de lejos y no tuve más remedio que pararme lo mas cercano a la valla de piedra que pude. Por centímetros pasó a nuestro lado, muy despacito y con una amable sonrisa. 
  Cruzamos nuevamente Jobourg y la central nuclear para luego desviarnos a la derecha  buscando siempre la costa, en lugar de seguir hacia Cherburgo. 


   Hicimos muchos kilómetros sin ninguna referencia previa, únicamente nos encontramos con localidades más o menos turísticas; veíamos que pasaban los kilómetros y no encontrábamos sitios apetecibles por lo que sin motivo aparente ninguno, decido entrar en Carteret, un pueblecito pequeño con puerto de mar. Localizo un amplio y cómodo aparcamiento con una autocaravana en una estación ferroviaria. Nada mas aparcar me fijo en un hombre que sentado junto a la entrada tiene sobre sus rodillas un portátil e inmediatamente me asalta la duda. ¿Habrá conexión wifi en ésta zona ¿. Le pregunto y me confirma que ouí, ouí y un montón de cosas más que no entendí. Tan amables como siempre.N 49º 22.762’ W 01º 47.083’.


  Rápidamente nos pusimos manos a la obra, enchufamos el portátil y con la mayor de las facilidades, “bualá” conexión a Internet gratis. Aprovechamos la circunstancia y nos entretuvimos un buen rato, revisando los e-mail y pudimos hablar con nuestro hijo en Madrid a través de la aplicación Skype. Nos comentó los calores que seguían soportando en Madrid, y nosotros por aquí, tan fresquitos.¡Qué maravilla¡ Hablando gratis por teléfono. Inevitablemente nos vino a la mente nuestras conversaciones cuando hace mas de treinta años, viajando a París en tienda de campaña, pensábamos ya entonces, que algún día tendría que haber sistemas de comunicación mucho más avanzados que la cabina telefónica. Cuando no existían los ordenadores y menos aún los portátiles, ni los móviles, ni por supuesto Internet. Total, ayer mismo.¡Es que las ciencias avanzan que es una barbaridad!.


  Terminamos con la novedad de sentirnos conectados al mundo, vía Internet, y salimos a conocer éste  tranquilo pueblecito pesquero. Pero enseguida nos dimos cuenta que, si bien, continúa atesorando los encantos de toda Normandía, no deja de ser otro pueblo más, muy turístico, muy limpio y cuidado pero sin ningún atractivo particular. Llegados a éste punto nos planteamos  si nos conviene seguir  el viaje de esta forma, un poco a la aventura sin destino prefijado. Tampoco tenemos todo el tiempo del mundo y  sabemos que existen muchos sitios interesantes antes de llegar por la costa de Bretaña y Las Landas hasta casa. No queremos  perder los lugares verdaderamente interesantes.  Decidimos entonces ir directamente a los sitios apuntados como imprescindibles y si nos sobra tiempo, pues lo dicho, ya volveremos en otra ocasión.
  Teníamos a continuación un icono francés. El Monte S. Michel. Pero se encontraba a unos 180 km. y ya eran las seis y media de la tarde. Me asaltaba la duda de llegar muy tarde y encontrarnos el aparcamiento lleno o sin aparcamiento por efecto de las mareas. Decidimos que merecía la pena intentarlo, siempre con esa pizca de  incertidumbre que adereza los viajes. 
  Saliendo de Carteret, interpretamos mal las indicaciones del gps por las obras muy recientes en los enlaces de las carreteras y nos equivocamos un par de veces, aún así no nos sentimos agobiados y enfilamos a buen ritmo hacia nuestro destino. 
  Los kilómetros pasan rápido gracias a las buenas carreteras. Desde 80 kilómetros antes de llegar, ya existen indicaciones constantes que te dirigen sin posibilidad de error.


  Y entonces se produjo otro de los momentos mágicos de todo el viaje: De repente la silueta lejana y solitaria  del Mont St. Michel,  a ras del horizonte  desdibujada por el efecto del sol apoyado en la línea del  mar por detrás de su espectacular figura creaba un efecto absolutamente impactante. Es una visión única. Conforme avanzábamos por aquella carretera comarcal, la abadía se yergue cada vez mas imponente como envuelta en un halo de misterio acrecentado por el contraluz del atardecer. En marcha, la cámara de fotos de la copiloto echaba humo, cada curva nos parecía una foto mejor que la anterior.


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1 comentario:

Marta Zab dijo...

Holaaa!Estoy planeando un viaje los primeros días de septiembre por la bretaña y me está viniendo muy bien para sacar ideas y orientarme un poco. Es la primera vez que hacemos un viaje en autocaravana y la verdad es que estamos bastante perdidos, ¿algún consejo para organizar un viaje?¿Los parkings de autocaravanas los buscáis desde aquí o con el GPS una vez allá?
Muchas gracias

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